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Maldita Homogeneidad

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Los alumnos de los 10 colegios con mejores resultados en la PSU, todos particulares pagados, sólo eligieron unas pocas carreras. Y, peor aún, tres de cada cuatro alumnos de esos colegios ingresó a sólo cinco universidades. Con esta homogeneidad, es muy difícil, casi imposible, reducir esa otra enfermedad llamada desigualdad.

¿Se acuerdan de la polémica por la reinauguración de la Quinta Normal ocurrida hace un año y medio? A pocos días de cortada la cinta, la gente se bañaba en la laguna diseñada para los botes, los basureros no daban abasto y los juegos de agua no resistían tanto niño con pies embarrados. Obvio: la planificación y el diseño lo hizo un grupo de profesionales que viven en comunas de altos ingresos, veranean en Cachagua y jamás han llevado a sus hijos a mojarse a una plaza. Es más, muchos de ellos deben haber conocido la Quinta Normal sólo después de que se adjudicaron el encargo.

Es uno de los vicios de Chile. Una de las enfermedades más graves que aquejan a nuestro país. Se llama homogeneidad y opera de la siguiente forma. Fíjense.

Hay 700 carreras en 33 universidades que usan la PSU como principal sistema de admisión. Pero un reciente análisis del diario La Tercera arroja que los alumnos de los 10 colegios con mejores resultados en la PSU, todos particulares pagados, sólo eligieron unas pocas carreras. La mitad, de hecho, postuló y quedó en apenas tres: Ingeniería Comercial, Ingeniería Civil y Derecho. Y, peor aún, tres de cada cuatro alumnos de esos colegios ingresó a sólo cinco universidades: U.C., U. de Chile, U. Adolfo Ibáñez, U. de los Andes y U.D.D.

¿Qué significa eso? Que “una buena parte de la elite chilena se está educando en espacios homogéneos, con escasas posibilidades de una integración social más amplia. En otras palabras, el sistema contiene distintas modalidades de exclusión social y de reproducción de la desigualdad, ya sea a través de instituciones o por medio de carreras profesionales”, dice el experto en educación, Francisco Durán.

Dicho de otro modo, mucha de la gente que toma decisiones en este país no conoce nada más que lo que se parece a ellos mismos. No han tenido la experiencia de la diversidad en nada: ni académica (podrían haber estudiado historia+ingeniería o filosofía+derecho, como en otros países donde el BA es muy diferente al posgrado, pero no), ni humana (la mayoría de las veces sus compañeros de universidad se parecen demasiado a sus compañeros de colegio), ni urbana (cada vez son más los jóvenes de la elite que estudian en universidades que quedan en la cota 1000).

Veamos otro dato que se obtiene del estudio: en el colegio que tiene el primer lugar en la PSU, el Cordillera (muy pero muy cota 1000), de sus 69 egresados que quedaron seleccionados en universidades, 34 postularon y lograron un cupo en la UC. En el colegio que obtuvo el segundo lugar, el Montemar (está en Viña del Mar), 19 de los 26 mejores puntajes quedaron en la U. Adolfo Ibáñez. Si a esto sumamos que el santiaguino generalmente se queda en Santiago, y que no es relevante el número de chilenos que viajan a perfeccionarse académicamente fuera del país, ni siquiera evidenciamos algún tipo de experiencia geográfica.

Y, claro, después nos sorprendemos de que el chileno compre autos blancos (son por lejos los más vendidos), se vista de gris, viva en casas pareadas (sean de 1.000 UF o de 20.000 UF), no conozca su ciudad ni conozca la realidad de sus compatriotas. O, planteado de una forma más elegante, que haya “poca capacidad de diálogo con personas con posturas distintas, poca comprensión de realidades diversas y fragmentación del tejido social entre las distintas clases. En buenas cuentas, un reduccionismo de las perspectivas sociales”, pues “a través de la elección de esas carreras mantienen el lenguaje, los contactos, los lugares de frecuencia y los espacios de decisión con los que se han vinculado permanentemente y, por otra parte, reproducen la mirada económica y científica del desarrollo que ellos tienen”, dice el mismo especialista.

Clarito como el agua. Con esta homogeneidad, es muy difícil, casi imposible, reducir esa otra enfermedad llamada desigualdad. Son como hermanas gemelas a las que, o les quebramos la piernas, o seguimos mirando desde el silencio cómplice.

Escrito por Rodrigo Guendelman

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